La luminosa Rochelle conserva orgullosa como principal seña de identidad el Puerto Viejo protegido por las torres medievales de San Nicolás, la Cadena y la Linterna. Desde allí partieron las principales expediciones que colonizaron las posesiones francesas en el continente americano: Canadá, Luisiana y buena parte de las Antillas. El centro antiguo, con sus calles protegidas por característicos soportales y los suntuosos edificios públicos, delata su esplendor como el mayor puerto y centro comercial de la costa atlántica francesa hasta el siglo XVIII.

El comercio marítimo fue desde sus orígenes el motor de la ciudad, la razón de su inmensa riqueza y probablemente también el origen de su histórica rebeldía. La Rochelle fue primero la plaza fuerte de la Orden de los Caballeros Templarios, después el principal puerto de Inglaterra en la primera parte de la Guerra de los Cien Años y más tarde la capital de los hugonotes, los protestantes franceses. En todos los casos eso supuso el enfrentamiento con la capital del Reino y acabar siendo sometida por las armas.

Cómo llegar:

La Rochelle está situada en el departamento de Charente-Maritime. Hay un pequeño aeropuerto para vuelos domésticos al este de la población conocido como La Rochelle-Ile de Ré. El aeropuerto internacional más cercano es Nantes Atlantique. Varias compañías aéreas (Iberia, Vueling, Air Mediterranée, Volotea, Transavia) vuelan desde distintas localidades españolas (Madrid, Barcelona, Sevilla, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura). La distancia entre Nantes y La Rochelle es de poco menos de 150 km.

El viaje en coche desde España es muy cómodo. La distancia entre la frontera Irún-Behovia y La Rochelle es de poco más de 400 km por autopista.

Un poco de historia: Una Ciudad Rebelde

De pueblo de pescadores al gran puerto de la Orden del Temple

La plataforma rocosa que daba forma a una buena ensenada en el centro de la costa Atlántica francesa dio nombre al pueblo de pescadores fundado alrededor del siglo X. Rochelle significa pequeña roca. Un siglo más tarde, cuando ya estaban claras las ventajas que el puerto ofrecía como base comercial, obtiene el título de ciudad.

La Rochelle creció rápidamente gracias a la seguridad de su puerto que le permitió convertirse en una gran base comercial con el norte de Europa. Los caballeros Templarios hicieron de la ciudad el gran puerto de la Orden. Uno de sus principales objetivos era transportar peregrinos en ruta hacia Santiago de Compostela. La caída en desgracia de la orden a principios del siglo XIV, convirtió a La Rochelle en una de las más importantes ciudades rebeldes. El rey francés Felipe IV inició la persecución de los Templarios. En 1307 la flota templaria de La Rochelle desapareció misteriosamente. Y aunque la mayoría de las teorías creen que los monjes acabaron en Portugal, Escocia o Sicilia, todavía hay quién afirma que la flota se refugió en América.

La Guerra de los Cien Años y el Reino de Castilla

En la Guerra de los Cien Años la ciudad cayó desde el principio en manos de Inglaterra. Tras la subida definitiva al trono de Castilla de Enrique I de Trastámara en 1369 se materializo la alianza entre Francia y Castilla. La ayuda castellana no se hizo esperar. La poderosa escuadra naval de Castilla al mando del almirante Ambrosio Bocanegra infringió una gran derrota a la escuadra inglesa en la Batalla de La Rochelle en 1372. Los ingleses perdieron lo mejor de su flota en la batalla lo que supuso para el resto de la guerra perder el control sobre el Canal de la Mancha. Además, la gran derrota permitió la conquista por tierra de la ciudad a las fuerzas aliadas y cambiaría el curso de la guerra.

La alianza entre Castilla y Francia se mantuvo vigente. Así que no es casual que en 1402 Jean de Bethencourt saliera del puerto de La Rochelle para emprender la conquista de Canarias tras el acuerdo con la corona castellana.

Los Hugonotes y el Comercio con América

El comercio con el norte de Europa continuo siendo la base de la riqueza de la ciudad en los siglos siguientes. Las influencias noreuropeas y el relativo alejamiento de Paris hicieron que las ideas reformistas se impusieran con facilidad. La Rochelle se convirtió en la capital del protestantismo francés. Los grandes líderes de los protestantes calvinistas franceses, conocidos como hugonotes, buscaron refugio tras sus murallas, en especial Enrique de Navarra, el futuro Enrique IV.

La ciudad es mirada cada vez con mayor recelo por la capital de Francia. Carlos IX intenta hacer valer su autoridad por la fuerza pero sus tropas no logran conquistar el bien defendido puerto del Atlántico y acaba concediendo el privilegio de libertad de culto a La Rochelle.

La muerte del sucesor de Carlos IX, Enrique III, en 1589 significaba el ascenso al trono de Enrique de Navarra. Sin embargo, Enrique sólo fue reconocido inicialmente por los hugonotes por lo que inició la lucha por sus derechos sucesorios desde La Rochelle. Al final el ascenso al trono sólo pudo ser conseguido tras abjurar de su fe protestante (“Paris bien vale una misa”). Convertido en rey, promulgo el Edicto de Nantes que puso fin al conflicto religiosos y, aunque seguía considerando el catolicismo como religión del Estado, defendía la tolerancia religiosa. La Rochelle pudo así seguir creciendo comercialmente, ahora volcada mucho más al comercio con América, especialmente con Canadá.

A principios del siglo XVIII el 90% de la población era protestante. El inicio de la monarquía absolutista con Luis XIII y el Cardenal Richelieu cambió totalmente las relaciones entre la rica, protestante y de dudosa fidelidad ciudad del Atlántico y la capital del Reino. En 1627 las tropas reales rodean la ciudad por tierra y mar y después de un asedio de más de un año, la conquistan provocando una gran masacre. La Rochelle pierde todos sus privilegios salvo la libertad de culto. A pesar de ello, el puerto sigue siendo la base principal del comercio con las posesiones de ultramar francesas.

La represión de los protestantes continúa en un estado cada vez más absolutista. Finalmente, en 1685 Luis XIV deroga el Edicto de Nantes y se produce la emigración (o conversión) masiva de los protestantes. Los que todavía quedaban en la ciudad deciden emigrar y fundan la Nueva Rochelle en el estado de Nueva York.

De Gran Puerto Comercial a Capital del Turismo Atlántico

El puerto continuo siendo importante hasta finales del siglo XVIII. Tras la Revolución Francesa y la pérdida de muchas de las posesiones de ultramar, el puerto comienza a languidecer y la ciudad pierde toda su importancia comercial. Sólo a finales del siglo XIX con el inicio de la construcción del nuevo puerto de La Pallice recupera algo de su importancia comercial.

El nuevo puerto fue utilizado como una de las mayores bases de submarinos alemanas durante la II Guerra Mundial. De hecho, La Rochelle fue la última ciudad francesa en ser liberada por los Aliados, el 7 de mayo de 1945, tras un sitio de casi 9 meses.

Qué visitamos en este post

En el siguiente mapa interactivo podrás localizar con exactitud todos los lugares de los que se habla en el artículo. Se ha marcado un itinerario a pie para conocer el centro histórico y un itinerario en bici para recorrer algunos otros puntos de interés.

Descubrir La Rochelle

Las 5 visitas imprescindibles en La Rochelle:

  1. Puerto Viejo: El puerto más importante del Atlántico francés hasta el siglo XVIII conserva, vigilando su entrada, las torres medievales de San Nicolás y la Cadena. Un poco más allá la Torre de la Linterna ejercía de faro.
  2. Casas con Soportales: Los soportales son la principal seña de identidad del casco histórico. Desarrollados para facilitar el comercio, uno puede recorrer casi tres km protegido bajo sus techos de piedra.
  3. Ayuntamiento: El edificio más importante de La Rochelle fue destruido hace unos años por un incendio pero ya pueden verse algunas partes de la fachada renacentista reparadas.
  4. Acuario: Uno de los más grandes y mejor diseñados acuarios de Europa. Un recorrido por todos los ecosistemas marinos en el que no hay que perderse el túnel de las medusas y la galería de las luces.
  5. Isla de Ré: La pequeña isla se extiende unos kilómetros al oeste de La Rochelle. Su belleza natural y su estupendo clima, con las mismas horas de sol que la Costa Azul, la han convertido en uno de los destinos turísticos más importantes del turismo familiar francés.

El Puerto Viejo

Los primeros rayos de sol en La Rochelle iluminan las torres de San Nicolás y de la Cadena que flanquean la entrada del Puerto Viejo. A esa hora las calles están vacías pero ya hay mucha actividad. Hay que sentarse tranquilamente a desayunar en cualquiera de las cafeterías del Cours de Dames o del Quai Duperré mientras la ciudad se despereza. La vista merece el momento de reposo. Entre los siglos XVI y XVIII aquí llegaban pieles procedentes del Canadá, especias de las Antillas y algodón de Luisiana. Hoy sólo hay embarcaciones de recreo y de transporte de viajeros a las islas cercanas. Uno podría estar horas contemplando el constante movimiento de los barcos y los cambios de nivel de agua motivados por la fuerza de las mareas que hacen que tan pronto el puerto llegue a asemejarse a un dique seco como parezca capaz de dar cobijo a barcos de gran calado.

Mientras tanto los viejos guardianes del puerto habrán abierto sus puertas. Las imponentes torres medievales son los principales restos de las fastuosas defensas que poseía la ciudad. Su visita permite conocer algunas curiosidades medievales, como el palacio en la de San Nicolás, la más alta y monumental, el mecanismo de cierre del puerto con una cadena que alberga la torre del mismo nombre o el curioso sistema de señales que se utilizaba en la torre de la Linterna. Pero además, desde las torres se obtienen las mejores vistas de la ciudad y el puerto.

En el lado opuesto del puerto se alza la Torre del Reloj, en realidad la puerta que separaba la ciudad medieval del puerto. Construida también en el siglo XIV, fue remodelada en el siglo XVII para añadirle el cuerpo superior con el característico reloj-campanario. Traspasada la puerta, el paisaje cambia totalmente. Del resguardado puerto a los comercios protegidos por soportales.

Un centro histórico diseñado para el comercio

Las calles adoquinadas y las casas de piedra con soportales construidas principalmente entre los siglos XVII y XVIII son las principales señas de identidad del casco histórico. Casi tres kilómetros de soportales revelan la vocación comercial de la ciudad. La Rue des Merciers es una de las calles más representativas. La única que conserva algunos edificios medievales caracterizados por sus entramados de madera y cubiertas de pizarra.

El 28 de junio de 2013 el edificio histórico más emblemático de la ciudad fue destruido en un tremendo incendio. El Ayuntamiento estaba construido sobre un palacio gótico pero había sido remodelado por Enrique IV dotándolo de una preciosa fachada renacentista. Aunque ya se han iniciado las labores de reconstrucción, los trabajos probablemente llevarán muchos años. Mientras tanto podemos contemplar otra fachada renacentista que recuerda a la del malogrado Ayuntamiento. La Mansión de Enrique II no es de hecho una casa sino simplemente la fachada de un corredor que conectaba las escaleras de subida al palacio con las habitaciones. Curioso engaño.

Hay otros edificios emblemáticos en la ciudad. Uno de los más sorprendentes es la Casa de Nicolás Venette, construida a comienzos del siglo XVII por el médico español Martín Bartox. Está decorada con gárgolas y bustos de médicos famosos de la antigüedad. Pocos años después de su construcción fue adquirida por el famoso cirujano de la Armada Nicolás Venette, autor del primer tratado de sexología.

El largo sitio de 1627/28 puso fin a los siglos de dominio protestante en la ciudad. Los hugonotes tardaron en abandonar definitivamente la urbe pero cuando lo hicieron los católicos quisieron hacer visible la nueva fe. La construcción de la gran Catedral ocupo la mayor parte del siglo XVIII. Hoy su cúpula destaca por encima de todos los edificios. Justo detrás del ábside se encuentra el vestigio más importante de las viejas iglesias de la ciudad, el campanario de estilo gótico flamígero de San Bartolomé.

Las encantadoras y silenciosas calles del oeste de la ciudad vieja conducen a la Rue San Jean du Pérot, que va desde la Torre de la Linterna al Puerto Viejo. La calle, antaño ocupada por viejas tabernas marineras y comercios, está hoy repleta de famosos restaurantes. Imposible no caer en la tentación de sentarse en alguna de sus terrazas para probar un poco de marisco acompañado de un vino blanco.

En bicicleta por la nueva Rochelle

La ciudad está volcada con la promoción de la bicicleta como medio de transporte. Las Yelo Bikes son el sistema de alquiler creado por las autoridades municipales que tiene estaciones por toda la ciudad y la isla de Ré. Hay que sacar una tarjeta, previo depósito de 150 EUR, en la Oficina de Turismo, pero luego se paga sólo una pequeña cantidad por hora. Si la estancia es corta y se prefiere no sacar la tarjeta, se puede alquilar en Greenbike (Quai du Gabut 41), muy cerca de la Torre de San Nicolás, con tarifas muy asequibles.

El paseo en bicicleta permite conocer las zonas más modernas de la ciudad y tener perspectivas distintas del Puerto Viejo desde la costa. Al lado de la Oficina de Turismo sorprende ver un barrio de casas de estilo nórdico, se trata de un moderno homenaje a la tradicional relación de la ciudad con los puertos de los países escandinavos.

La primera parada es el Acuario, una de las visitas imprescindibles de La Rochelle. Un recorrido por los distintos ecosistemas submarinos en el que hay que destacar el túnel de las medusas y la galería de las luces.

Desde el Acuario se puede recorrer el Puerto de Minimes, el mayor puerto deportivo de Europa, con más de 5.000 amarres. La Rochelle, con su benigno clima y su constante brisa es conocida por sus escuelas de vela. Al final del puerto deportivo se encuentra la Playa de Minimes, la más animada de la ciudad. Bien es verdad que si queréis pasar un día de playa lo mejor es hacer una excursión a la vecina isla de Ré.

El camino de vuelta al centro histórico os llevará por la zona de oficinas y barrios más modernos de la ciudad. No hay que olvidar la visita a la Estación de Ferrocarril. Construida a principios del siglo XX, fue la última de las grandes estaciones de ferrocarril de Francia.

La vuelta al Puerto Viejo puede hacerse por el bohemio Barrio de San Nicolás, que alberga las mejores tiendas de antigüedades y artesanía.

La Rochelle y la cercana Isla de Ré son uno de los grandes destinos turísticos de Francia. La oferta de alojamiento es muy amplia pero durante el verano los precios se encarecen mucho y a veces llega a ser complicado encontrar una habitación. Si queréis pasar unas vacaciones en la zona es mejor elegir como base la isla de Ré, pero si el objetivo principal es La Rochelle lo ideal es tratar de buscar algún alojamiento con encanto en el casco viejo para poder disfrutar mejor del ambiente. Algunas buenas opciones en la parte antigua de la ciudad son:

Hotel Francoise 1er: 13-15 Rue Baroges, 17000 La Rochelle; Tf: +33 546412846 (www.hotelfrancois1er.fr). Situado en una tranquila calle del corazón del casco histórico, en un edificio del siglo XVI con un encantador patio. Habitaciones pequeñas decoradas con fotos de grandes artistas. Habitación doble en temporada alta alrededor de 100 EUR.

Hotel Saint Nicolas: 13 Rue Sardinerie, 17000 La Rochelle; Tf: +33 546417155 (www.hotel-saint-nicolas.com). Ubicado en el barrio de San Nicolás, rodeado de tiendas de antiguedades y cafeterias, a un paso del Puerto Viejo. Decoración muy agradable, aunque las habitaciones son pequeñas. Habitación doble en temporada alta alrededor de 90 EUR.

Un Hotel En Ville: 20 Place Du Maréchal Foch, 17000 La Rochelle; Tf: +33 546411575 (www.unhotelenville.fr). Pequeño hotel de 12 habitaciones situado entre el Puerto Viejo y la Torre de la Linterna. Ambiente familiar. Habitación doble en temporada alta desde 90 EUR/día la más pequeñas.

Francia es sinónimo de buena comida. Pero si por algo se distingue esta zona de la costa atlántica es por el marisco, especialmente por las ostras. Los mejores criaderos de ostras están muy cerca, entre la Isla de Aix y Fouras. Los restaurantes no son baratos pero si podéis permitiros un lujo os recomiendo:

Iséo-Bistrot de la Mer: Place de la Chaîne, Quartier du Vieux Port, 17000 La Rochelle. Tf: +33 546410608 (http://iseo-bistrot.fr). Ocupa una posición inmejorable, junto a la Torre de la Cadena, con vistas al Puerto Viejo. Cocina francesa y asiática. Alrededor de 30 EUR sin bebidas.

L’Entracte, la Brasserie de Grégory: 35 Rue St Jean du Pérot, 17000 La Rochelle. Tf: +33 546522669 (www.lentracte.net). Uno de los restaurantes más renombrados con una buena relación calidad-precio. Nueva cocina francesa. Alrededor de 30 EUR sin bebidas aunque tiene un Menú Express con un plato, postre y bebida por 22´5 EUR.

Restaurante Bar André: 5, Rue Saint Jean du Pérot, 17000 La Rochelle. Tf: +33 546412824 (www.barandre.com). El local con más tradición de la ciudad y quizás el más conocido por su marisco. Decorado con motivos marineros. Alrededor de 40 EUR.

Un lugar que no hay que perderse aunque sólo sea para hacer una pequeña visita al local y tomarse un café es:

Café de Pâix Brasserie: 54 Rue Chaudrier, 17000 La Rochelle. Tf: +33 546413979. Creado en el siglo XVIII como Café Militar y renovado a principios de siglo XX con una decoración art déco. Paneles de vidrio en forma de arcos adornados con dibujos de vidrio esmerilado, revestimientos de madera tallada, dorados, grandes espejos, arañas y medallones pintados en trampantojo. Un sitio adecuado para el aperitivo, una merienda o para una comida frugal al mediodía.

Isla de Ré

Una visita imprescindible desde La Rochelle es la vecina Isla de Ré, una auténtica joya natural situada a poco más de 10 km al este de la ciudad. La isla, de 30 km de largo y 5 de anchura media, es completamente plana y está unida al continente por un puente de 3 km de longitud. El clima de la isla, con las mismas horas de sol que la Costa Azul, y su belleza natural la han convertido en uno de los destinos turísticos más importantes del turismo familiar francés.

La isla está repleta de atractivos naturales. Al sur se extienden las mejores playas, protegidas por una barrera de dunas. Las viñas son el cultivo más característico. Los variados caldos que se producen incluyen las denominaciones Pineau y Cognac. Las salinas ocupan una gran extensión en el noroeste. y en el extremo este se encuentra el famoso Faro de la Ballena. Merece la pena subir los 257 escalones que salvan los 55 metros de altura para observar la mejor vista de la isla.

La isla alberga un total de 10 pequeñas poblaciones. No hay ninguna aberración urbanística. Nada de edificios altos ni grandes complejos turísticos. Una red de más de 100 km de carriles bici permite llegar a todos los puntos de interés sin tener que utilizar el coche.

Saint Martin de Ré, considerada la capital de la isla, es la población más interesante. La ciudad fue amurallada a finales del siglo XVII según el diseño del ingeniero Vauban. Las puertas y murallas se conservan intactas y fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En el interior las casas se agrupan en torno al encantador y animado pequeño puerto. Las estrechas calles empedradas están decoradas con esmero con plantas y flores. Las casas blancas se caracterizan por sus puertas y ventanas de madera, pintadas de color gris, azul o verde. Uno no puede abandonar Saint Martin sin tomarse un helado en La Martinière, la heladería más famosa de la isla.

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